Glossae

Breves notas en torno al vocabulario de la incultura

Posted in Impresos by Marcelo Columba on 08/10/2015
Sandinson, The river.

Sandinson, The river, 2010.

Breves notas en torno al vocabulario de la incultura[i]

Juan Marcelo Columba-Fernández[ii]

 

L’homme qui ne médite pas vit dans l’aveuglement, l’homme qui médite vit dans l’obscurité. Nous n’avons que le choix du noir. [iii]

Victor Hugo

Corominas en su diccionario etimológico del español señala que tanto el verbo “ignorar” como el estado que de él deriva, la “ignorancia” – además de los epítetos “ignaro” e “ignorante” – proceden del latín ignorare (no saber) vocablo derivado, a su vez, de la forma negativa del verbo griego gnosere (saber). Esta sucinta referencia al sentido original de algunos vocablos evocadores de la incultura, plantea la posibilidad de una reflexión sobre dos aspectos mayores ligados a la dimensión comunicativa del conocimiento: el primero, relacionado con la modalidad verbal del ejercicio de las facultades intelectuales y, el segundo, en torno a la designación de quién puede ser calificado como negligente en relación a dicho esfuerzo intelectual.

Conocer e ignorar

En vista de la negación del conocimiento inscrita en el sentido de la palabra “ignorar” es menester aclarar su concepción a partir de su contracara conceptual. Así, podemos observar que la operación intelectual que nos permite acceder al conocimiento del mundo (la actividad de conocer propiamente dicha) se encuentra sensiblemente mediada por el uso de un lenguaje estructurado. En ese sentido, el logos aristotélico, entendido como discurso razonado, consiente una vía de acceso hacia la realidad. Lejos de presentarse como una evidencia, este hecho se inscribe al interior de una problemática que cuestiona la transparencia del vínculo entre las palabras y las cosas, esto es, entre los signos y sus referentes. Este nexo parece carecer de relevancia si consideramos elementos concretos de nuestra realidad cotidiana, pero se complica al evidenciar la dificultad de plantear espontáneamente la definición de un vocablo común, de puntualizar cuáles son los rasgos que delimitan su concepto e, incluso, de señalar si su empleo refiere a un elemento singular, o bien, a una categoría general – allende la posibilidad de evocar una definición científica de la palabra. Así, si pensamos en una palabra que usamos corrientemente, sea el caso de “árbol” ¿Cómo podría definirla? ¿Cuáles son los rasgos definitorios que caracterizan su concepto? ¿Estos rasgos reflejan la planta que “conozco”, o bien, reflejan las características generales de todas las plantas del mundo que “no conozco”? ¿Podría definir científicamente la palabra? etc. El caso de los conceptos abstractos se presenta aún más problemático pues su discusión puede llenar tomos enteros y provocar álgidos debates que se extienden indefinidamente en el tiempo, todo ello en el intento de definir insignificantes conjuntos silábicos tales que “ser”, “alma”, “justicia”, “libertad” o “democracia”.

Más allá del rodeo semántico precedente, podemos decir que conocemos el mundo a través de las palabras y que mediante las lenguas naturales asimos la realidad que nos rodea. En este sentido, cualquiera sea la lengua que hablemos, el uso del código lingüístico implica aquello que M. Foucault en su célebre Archéologie du savoir (Arqueología del saber) denomina épaisseur (espesura), es decir, una suerte de opacidad propia a la práctica discursiva. Las palabras y las cosas, en este sentido, no están íntimamente ligadas, y las primeras no son trasparentes: un velo propio a la praxis verbal las recubre. De esta manera, el planteamiento del filósofo francés señala la particularidad del uso del código lingüístico que deviene algo más que un simple intermediario entre el conocimiento y la realidad.

La noción de épaisseur implica conocer el mundo a partir de representaciones lingüísticas del mismo, vale decir, en función a imágenes verbales construidas acerca de lo que creemos conocer realmente – al respecto, me permito remitir al lector a la teoría neo-retórica que propone una reflexión original en torno a los argumentos fundados en la estructura de lo real. Así, el uso real del sistema de signos lingüísticos permite desarrollar maneras singulares de representar la realidad; podemos, por ejemplo, referirnos y conocer el encuentro de las civilizaciones europea y americana en términos de una “conquista” o de una “invasión”, expresiones que evocan un conjunto de enunciados, producidos en una coyuntura específica, algunos de ellos representando dicho acontecimiento histórico de forma épica, otros condenándolo. Ante este tipo de representaciones cabe preguntarse ¿cuál sería la mejor manera de aproximarse a un conocimiento justo de lo acontecido? La historiografía y su metodología de lectura documental pueden brindarnos algunas respuestas. De otra parte, los discursos científicos si bien tienden a objetivizarse a través de ciertas prácticas verbales, no logran abstraerse de las tensiones que afectan la expresión lingüística del conocimiento de la realidad. Así, la influencia que puede ejercer el contexto socio-histórico en la expresión del conocimiento científico de la realidad se puede ver reflejada, a título de ejemplo, en la censura aplicada a los enunciados de la teoría heliocéntrica hacia inicios del siglo XVII.

En este sentido es lícito preguntarse si nuestro conocimiento del mundo, expresado en el uso de las lenguas naturales, refiere a la realidad de las cosas, o bien, está compuesto de representaciones discursivas de la realidad que, a partir de su producción en diferentes contextos y con variados fines, ignoran determinados aspectos concernientes a las cosas, seres y eventos en el mundo.

Los doctos y los ignaros

¿Quién sabe y quién no? ¿Cuáles son las expresiones lingüísticas que permiten señalarlo? Resulta interesante aproximarse al uso de vocablos como “ignorante” o “ignaro” en función de quienes los enuncian. Inicialmente, se debe señalar que el uso de tales expresiones no es aplicable al reino animal pues el enunciador, dotado de razón y lenguaje, califica a un congénere humano a quien se le atribuye el desconocimiento de algo. Imagine el perspicaz lector cuán ilógico resultaría calificar de ignorante a un simpático pajarillo que puede “conocer” su mundo aéreo pero carece de un lenguaje estructurado y razonado para expresar su sapiencia. He ahí una primera frontera entre los que saben y los que no, el logos, un límite que coincide con aquel que los antropólogos establecen entre la naturaleza y la cultura, o incluso, con aquel establecido por los historiadores del siglo XVIII entre la civilización y la barbarie.

Habiendo constatado que nosotros, los seres humanos, nos solazamos rotulándonos entre quienes sabemos y quienes no, podríamos preguntarnos dónde radica la autoridad para la producción de las expresiones que establecen esta frontera interna al género humano. La autoridad de quienes saben, llamémosles los “doctos”, se construye social y discursivamente. Así podemos pensar en la existencia de una autoridad intelectual construida verbalmente a manera de un ethos retórico o imagen discursiva de sí mismo. La imagen verbal del docto se basa no solamente en aspectos institucionales como la obtención de diplomas o consagraciones de tipo ritual en su círculo intelectual, sino también en la exhibición discursiva de información y conocimientos especializados que afirman, implícita o explícitamente, una superioridad intelectual construyendo, así, una autoridad erudita en el discurso.

Los conocimientos exhibidos verbalmente, normalmente adquiridos a través de la educación formal y superior participan, entonces, en la edificación de la frontera interna entre el docto y el ignaro. De esta forma la dicotomía está fuertemente ligada al sistema educativo de un país, fundamentalmente a partir de la adquisición de las letras y las cifras distinguiendo, así, entre los “letrados” y los “iletrados”. Sin embargo, este tipo de educación formal y obligatoria en muchos casos podría también reproducir la ignorancia. Education is ignorance es el título de una entrevista realizada en 1995 al lingüista y filósofo N. Chomsky, quien no duda en afirmar en aquella ocasión que los sistemas educativos pueden tornar al hombre tan estúpido e ignorante como pueda ser, cuando el proceso de educativo está diseñado para enseñar obediencia y pasividad evitando, así, el desarrollo de la independencia y la creatividad desde la niñez – cualidades fundamentales de los pensadores libres. Podemos observar que a esta pauperización educativa se suma una práctica de enanismo político ejercida por los regímenes autoritarios y populistas que sufren de una obsesión con la historia, e insertan sus delirios propagandísticos en los contenidos de la educación formal; los  caudillos latinoamericanos de reciente data pueden brindar ejemplos notorios de esta pulsión. Y si a ello añadimos la infoxicación a la que somos sometidos mediante las nuevas tecnologías, conformaremos rápidamente un ejército de individuos mal informados que crece exponencialmente en el mundo entero, una masa de pseudo-letrados que predican grandilocuentemente y con la certeza más absoluta un saber que consideran verdadero y único ¿Los ignorantes ignorando su ignorancia? ¿Las legioni di imbecilli (legiones de imbéciles), para retomar la expresión de U. Eco, invaden la telaraña informática global?

A la hora actual, afortunadamente, la honestidad intelectual y la búsqueda de espacios alternativos para cultivarse y desarrollarse intelectualmente no están ausentes en el espíritu humano y florecen en diferentes latitudes del orbe. Sin embargo, resultaría sensato tener presente las particularidades comunicativas en la adquisición del conocimiento y, tal vez, asumir una actitud más modesta ante la fragilidad y la cantidad de conocimiento alcanzado hasta nuestros días. Una acumulación intelectual que puede parecer absurdamente microscópica frente a la tenebrosa ignorancia a la que nos vemos confrontados como especie humana frente a un universo en sempiterna expansión.

[i] Publicado en Percontari. Revista del Colegio Abierto de Filosofía, No. 6, Santa Cruz de la Sierra, 2015, Págs. 6-8.

[ii] Lingüista.

[iii] El hombre que no medita vive en la ceguera, el hombre que medita vive en la obscuridad. No tenemos otra opción sino las tinieblas (Traducción mía).

Anuncios

Una respuesta

Subscribe to comments with RSS.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: