Glossae

Verbalizando el poder

Posted in En línea by Marcelo Columba on 30/05/2016

Verbalizando el poder*

Discurso-Un jour, Un discours, encore un!-Clothilde LasserreJuan Marcelo Columba Fernández**

El sustantivo “poder”, en su acepción de dominio ejercido sobre alguien, no puede ser concebido sino al interior de una lógica de influencia entre los individuos involucrados. En ese sentido, el ejercicio de autoridad que implica el poder encuentra dos vías intrínsecamente ligadas en la perspectiva de influir políticamente sobre el otro: el lenguaje y la acción. Inicialmente, podría concebirse entre ambas una relación causal pues resulta difícil imaginar una acción política que no sea resultado de palabras y las ideas que evocan, sin embargo, ello no parece ser tan evidente cuando se confirma que el uso del lenguaje constituye, en sí mismo, una acción. El presente texto, a partir de reflexiones desarrolladas en el marco de las ciencias del lenguaje, pretende discurrir fugazmente en torno a una concepción praxeológico-verbal del poder para, posteriormente, evocar algunas maneras de representación de los interlocutores involucrados en el discurso de autoridad.

La materialización verbal del poder

Hacia la segunda mitad del siglo XX, el lingüista E. Benveniste definía el discurso como toda enunciación que suponga un locutor con la intención de influenciar un interlocutor, asimismo, el académico francés concebía la enunciación como la puesta en marcha de la lengua mediante un acto individual de utilización[1]. Esta concepción se inscribe en una dimensión praxeológica del lenguaje, donde los usos verbales constituyen acciones que se registran materialmente y actúan sobre el mundo. Desde esta mirada, las palabras no se evaporan necesariamente en el viento. Ellas adquieren una consistencia propia al manifestarse como hechos e inscribirse en una dinámica de influencia al interior de la vida social.

Esto resulta aún más evidente en el ámbito político donde la actividad verbal ocupa un lugar central como fundamento de la acción no-verbal pero, sobre todo, como materia prima del quehacer político. En este espacio, el discurso magnifica la influencia ejercida por un locutor mediante el lenguaje, pues las posibilidades verbales de persuasión no se encuentran solamente orientadas hacia micro-interacciones, sino hacia la totalidad de ciudadanos que deliberan sobre las decisiones más convenientes en relación a un porvenir común.

En un prolijo estudio sobre el discurso político P. Charaudeau[2] ha señalado que este tipo de acto lingüístico se funda en tres principios: de alteridad, de influencia y de regulación. El primero establece que todo acto verbal se realiza, ineludiblemente, en función de un interlocutor; el segundo señala que, una vez establecido el vínculo entre los participantes de la comunicación, el locutor busca que el interlocutor piense, diga o actúe según su intención; y el tercero indica que, habiendo la posibilidad de que el interlocutor tenga su propio proyecto de influencia, los participantes del acto comunicativo se ven forzados a una gestión del vínculo establecido entre ellos. Sobre esta base, el proyecto de influencia del locutor adquiriría una fuerza de acción únicamente desde el momento en que el enunciador, sirviéndose de una posibilidad de amenaza o gratificación, sitúa a su interlocutor en una posición de sumisión desde la cual estaría forzado a ejecutar una acción. Desde una perspectiva foucaultiana, estaríamos frente al establecimiento de un orden, en su doble sentido de organización y prescripción, que mediante el uso estratégico de un vocabulario y distinciones conceptuales internalizadas por los sujetos, construye una dramaturgia del poder y una manera específica de pensar el mundo[3].

En este marco, resulta posible postular una materialización verbal del poder entendido como la instauración de una relación comunicativa de dominación entre los participantes del intercambio lingüístico. Una relación de fuerza, de naturaleza socio-verbal, se instaura así entre una instancia política y una instancia ciudadana, desde el momento en que representantes y aquellos quienes delegan tal representación se sitúan en el lugar social que les asigna este ordo verbal. Las posibilidades de este zócalo analítico nos permiten bosquejar, a continuación, algunas maneras de asir los retratos verbales de los participantes del acto de enunciación política.

Imágenes de gobernantes y gobernados en el discurso político

Si bien el vínculo entre emisor y receptor políticos, normalmente viene establecido de antemano, la instancia política productora del discurso necesita evocar constantemente su propia imagen y la de su auditorio buscando, así, legitimar su lugar de autoridad y fortalecer la relación de influencia establecida con su interlocutor.

En la retórica aristotélica, la noción de ethos (personaje, en griego) designa la imagen de sí mismo construida en el discurso[4]. Dicha concepción constituye una vía de acceso a la aprehensión de la auto-representación discursiva del orador político. El ethos está conformado, grosso modo, por los rasgos del orador que son susceptibles de favorecer el trabajo persuasivo. Este autorretrato verbal del orador político puede entonces manifestar, de manera explícita, una legitimación de su posición de autoridad en enunciados como “[yo] represento a un Gobierno cuya legitimidad está probada por la adhesión militante de la mayoría de la comunidad nacional”.[5] El discurso ostenta, en este caso, la fuente de autoridad colectiva que encarna su emisor. El orador político justifica, así, su lugar de poder y de palabra, en la espera de que esta legitimidad verbal sea asumida por el auditorio sometido al influjo discursivo.

De manera análoga, el discurso permite la construcción verbal del interlocutor como parte de una estrategia de influencia. La perspectiva neo-retórica concibe al auditorio como una construcción del orador[6] y, en ese sentido, resulta posible la elaboración de un segundo perfil verbal que legitime la relación de poder establecida entre los participantes del intercambio comunicativo. Si consideramos el enunciado “[…] la salvación de aquello por lo que apostamos a lo largo de nuestra vida […] pasa por la capacidad que ustedes tengan de dar generosamente a Bolivia un gobierno estable”,[7] se observa que el orador político representa un auditorio próvido, que está dispuesto a abandonar la agitación social y a asumir el lugar de sumisión atribuido por la instancia gobernante.

Una problemática político-verbal

La praxis política contemporánea no pude concebirse al margen de la actividad lingüística. En ella, la enunciación misma deviene un acto de poder que, intrínsecamente, busca la adhesión del auditorio hacia las ideas expresadas por el orador político. Así, las “palabras del poder” que constituyen el discurso político instauran, a partir de la aceptación de lugares sociales asignados a los interlocutores, una autoridad que se materializa y se legitima verbalmente.

En este marco, el trabajo de legitimación pasa por la elaboración de imágenes discursivas de los participantes del intercambio comunicativo. Estas maneras de representación, entre otros numerosos mecanismos verbales orientados a la persuasión, no sólo juegan un rol cardinal en la fundamentación de la autoridad del orador político, sino también en el consentimiento de su auditorio en torno a la imagen que, desde el poder, se le asigna.

La centralidad verbal en el ámbito político debe entenderse también en una dimensión dinámica, en particular, en lo referente a las posibilidades de generación de nuevas perspectivas de poder que subviertan los lugares preestablecidos por los modelos discursivos precedentes. En este caso, el ímpetu retórico de los ciudadanos libres genera un “poder de las palabras” que, desde una posición insumisa y de resistencia, proyecta nuevas formas políticas cuyo brío deviene esencial en la evolución de las sociedades y su búsqueda infatigable del bien común.

____________________________

*Publicado en Percontari. Revista del Colegio Abierto de Filosofía, No. 9, Santa Cruz de la Sierra, 2016, Págs. 14-16.

**Lingüista.

[1] É. Benveniste, Problèmes de linguistique générale II. París: Gallimard, 1974, pp. 80, 242.

[2] P. Charaudeau, Le discours politique: Les masques du pouvoir. Paris: Viubert, 2005, p. 12.

[3] F. Heindereich y G. Schaal. Introduction à la philosophie politique. Paris: CNRS Éditions, 2009, pp. 327-328.

[4] P. Charaudeau y D. Maingueneau, Dictionnaire d´analyse du discours. Paris: Seuil, 2002, p. 238.

[5] H. Banzer, “Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas”, 1975.

[6] Ch. Perelman y L. Olbrecht-Tyteca. Traité de l´argumentation: La nouvelle rhétorique. 5ta edición. Bruselas: Editions de l´Université de Bruxelles, 2000, p. 25.

[7] C. Mesa, “Discurso de investidura presidencial”, 2004.

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